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miércoles, 7 de agosto de 2013

¿La verdadera Argentina... o la Argentina partitocrática?


NUESTRA REPÚBLICA TRADICIONAL, 
FEDERAL Y REPRESENTATIVA

por Fernando Romero Moreno

                                                    “En las democracias de acuerdo con la  ley
                                                     no   hay  demagogos,  sino    que   son  los
                                                     mejores   ciudadanos    los  que   tienen  la
                                                     preeminencia,  pero   donde   las  leyes  no
                                                     tienen    la     preeminencia,     surgen   los
                                                     demagogos. Pues   el   pueblo se convierte
                                                     en  monarca (...)  no  obedeciendo a la ley,
                                                     y se convierte en un déspota, de modo que
                                                     los  aduladores  son  honrados, y esta clase
                                                     de  democracia es, respecto a las demás, lo
                                                     que la tiranía entre las monarquías”

                                                                               ARISTÓTELES                      


          En nuestra tradición política, como fruto de los diversos pactos interprovinciales y sobre todo del Pacto Federal, quedó consagrado como régimen político el republicano y federal. La modalidad que con el tiempo adquirió este régimen fue el de una república presidencialista,  al evolucionar la institución “Encargado de las Relaciones Exteriores” hacia las características propias de un Ejecutivo fuerte, hecho que permitió conciliar la tradición monárquica y las tendencias caudillistas con la forma de gobierno republicana. La fórmula quedó acuñada en el art. 1 de la Constitución de 1853 - La Nación adopta para su gobierno la forma representativa republicana federal”-  como una ratificación de lo que, de hecho y de derecho, regía en la Confederación Argentina desde hacía más de veinte años. 
Por eso sostenemos que la tradición republicana argentina no se origina en la Constitución liberal de 1853 sino en los Pactos interprovinciales y sobre todo en el Pacto Federal de 1831. Y que, por el contrario, fue precisamente la sanción de dicha Constitución la que comenzó el proceso de ruptura  de nuestro régimen republicano con el orden natural y cristiano y con la Tradición hispano- criolla, cuyo carácter normativo supra-constitucional defendemos. En la presente ponencia nos referiremos a los daños que a nuestro régimen político le ha causado este democratismo moderno, sea en su versión liberal, sea en la populista o en la partitocrática.
      La república federal y presidencialista, tal como se fue forjando a partir de 1820 sobre las bases del constitucionalismo provincial y del empirismo organizador de Rosas, tuvo una serie de características que la hacían compatible tanto con la idiosincrasia de nuestro pueblo como con las exigencias del derecho natural: a pesar de ciertas influencias liberales y regalistas, que existían como herencia de las reformas borbónicas, de las innovaciones rivadavianas o de un federalismo doctrinario – al estilo de Artigas o Dorrego -, la sustancia del régimen fue hondamente tradicional y realista: así, por el mayor patriotismo del pueblo frente a la extranjerización de las minorías ilustradas, es que el régimen fue republicano mientras que por la tradición monárquica y caudillista, la república fue presidencialista; por el regionalismo y las autonomías provinciales, adoptó una forma de estado federal y descentralizada, a la vez que, por subsistencia de buena parte del derecho indiano, garantizó la existencia de libertades concretas en armonía con el bien común; y por fidelidad a la Religión verdadera, la república  nació en el seno de un Estado católico.  Esta tradición republicana, presidencialista, federal, descentralizada, orientada al bien común, iusnaturalista y católica, comenzó a deformarse con la sanción de la Constitución liberal de 1853, que adoptó un modelo híbrido de democracia liberal con ciertos resabios tradicionales y cristianos. A partir de allí, degeneró primero en oligarquía, luego en demagogia populista y finalmente en partitocracia, interrumpida cada tanto por los conocidos golpes de estado.
      La crítica al carácter nocivo de la democracia moderna, como es sabido, se funda en varios aspectos, de los cuales los más importantes son su fundamentación naturalista (soberanía del pueblo con negación del origen divino del poder), su naturaleza laicista (separación de la Iglesia y el Estado) y su orientación individualista (democracia liberal) o relativista (socialdemocracia). Esta crítica es común a todo el pensamiento tradicional, mientras que los peligros totalitarios de la democracia de masas (una de las modalidades de la democracia moderna) es señalada también por otras corrientes de pensamiento como el conservadorismo liberal y el liberalismo clásico. Como dice Miguel Ayuso: “Seguimos los pasos de una escuela – quizás fuera mejor decir un conjunto de hombres procedentes de escuelas distintas – para la que la expresión ‘totalitarismo democrático’, lejos de tener tintes blasfematorios, encierra rigurosa justicia. [1] Se trata en estos casos, como vemos, de una crítica intrínseca de la democracia: crítica absoluta y bajo todos los aspectos, en el caso de pensadores tradicionalistas, relativa y limitada a la democracia de masas, en los liberales clásicos. No es pues una refutación de la forma de gobierno republicana, tal como pudieron entenderla los antiguos y los medievales, o como existió en la República Romana o en las repúblicas italianas premodernas. Es – sobre todo en el caso de los análisis tradicionalistas, que compartimos - el rechazo de la democracia moderna fundada en las ideas de Locke, de Rousseau, de Bentham, etc.  Una síntesis de esta crítica intrínseca (desde la perspectiva tradicional) la tenemos en el monumental trabajo de Stan Popescu titulado Autopsia de la democracia. Allí el autor rumano nos dice que la democracia ha sido y es,  por sus presupuestos teóricos (naturalismo, laicismo, individualismo, relativismo) como por sus realizaciones históricas (Atenas en el mundo griego y las democracias occidentales en la actualidad), esencialmente relativista, demagógica, igualitarista, laicista, desacralizante, hedonista, imperialista y totalitaria.[2] Es la democracia de los sofistas y de los librepensadores. En un reportaje concedido al publicarse su libro, resumió así sus ideas principales: “Se trata de un doble enfoque. En la primera parte focalizo la decadencia de la espiritualidad y la demolición de la cultura ateniense durante los gobiernos democráticos. En la segunda parte analizo los 120- 130 años de desintegración de la cultura occidental bajo la democracia actual. En la primera parte intento esbozar las alternativas históricas del devenir ateniense, que durante más de mil años había logrado el desarrollo de su ingenio creador. Había alcanzado cumbres de inaudita luminosidad en el pensamiento filosófico y literario. Con el advenimiento de la democracia, en apenas unos 120 años (...) se produjo la oxidación de la creatividad, la corrupción del alma griega y una paulatina degradación del ser con la intromisión de la hibrys (...)”. En cuanto a la democracia actual afirma que “la democracia lucha para encauzar las energías humanas hacia las actividades de menor esfuerzo, que movilizan tan sólo las pulsiones, los reflejos y los instintos (...) El hecho de tener como principios básicos los conceptos de libertad e igualdad, le obliga a defender los mismos, sacrificando los demás valores. (...) La democracia combate la tradición” enarbolando “como ideales supremos el progreso económico, el bienestar material, el modernismo, las ‘innovaciones’... y los ‘aggiornamientos’”[3]. 
En nuestro país, a partir de 1853, el régimen republicano argentino fue adoptando paulatinamente cada uno de estos aspectos nocivos de la democracia moderna: el naturalismo y el laicismo, por el articulado ambiguo de la Constitución de 1853 y por la explícita legislación posterior, que instauró el laicismo escolar, el matrimonio civil, la separación de hecho entre la Iglesia y el Estado, el divorcio vincular y el resto de normas reñidas con las exigencias de un Estado católico y con el mismo orden natural. El individualismo, por la fundamentación explícita dada por algunos constituyentes y por la interpretación mayoritaria de la doctrina, la jurisprudencia y el mismo accionar de los gobiernos argentinos, por lo menos hasta 1930. Y el relativismo, porque no habiendo prosperado la interpretación iusnaturalista y solidarista de un Tomás Casares, ni arraigado tampoco otros intentos de encauzar en un sentido tradicional y católico el orden constitucional, ha sido precisamente esta tendencia la que ha terminado prevaleciendo tanto entre los juristas como entre los políticos.
        En cuanto a la crítica “externa” de la democracia moderna (la expresión es de Federico Wilhelsem), seguimos el aporte realizado por Gonzalo Fernández de la Mora en su libro La partitocracia.  En dicha obra, Fernández de la Mora no realiza una refutación de la democracia inorgánica en sí misma, sino de la idea – vulgarizada – de que sea “el gobierno del pueblo”, aun bajo la forma “representativa”: no es el gobierno del pueblo sino de los partidos, y eso no por una coyuntura histórica sino por una cierta tendencia espontánea del propio régimen democrático en sus versiones liberal o de masas. Las tesis principales del pensador español son las siguientes:

a)       “La oligarquía – lo dice en el sentido neutro de minoría, no de corrupción de la aristocracia – es la forma trascendental de gobierno. La pugna por el acceso al mando se libra dentro de la clase política (...) Aquellos miembros que se agrupan para la conquista del poder constituyen el partido; surge, pues, cuando en torno a la soberanía hay una cierta organización de la concurrencia elitista. Los ha habido por doquier, y desde los orígenes del Estado. Es difícil citar ejemplos de sociedades sin alguna forma de partidismo en sentido lato. Pero los partidos se configuran de distinto modo según el sistema de renovación de la oligarquía (...)”. Pasa revista a las oligarquías monárquicas, cesaristas, aristocráticas, parlamentarias, y prosigue: “La teoría clásica de la democracia es un ente de razón sin realidad física (...) Si los partidos políticos sólo pudieran surgir dentro de tal esquema, serían puras entelequias. La realidad es exactamente la contraria: precisamente porque hay oligarquías, y éstas se renuevan – con o sin apelación a las masas – por la pugna interelitista, el partido político es un fenómeno universal. El análisis empírico de la lucha por el poder y la consiguiente liquidación de ficciones, como la voluntad general y el gobierno del pueblo, lejos de volatilizar a los partidos, les da omnipresencia política. Es, sin embargo, cierto que su dimensión e importancia varían según el esquema constitucional, y que en una forma de oligarquía que incorpore todos los residuos viables de la utopía democrática, los partidos se convierten en gigantes; y pueden llegar a ser un auténtico Leviathan en las oligarquías monopolísticas de masas; en otras hipótesis se reducen notablemente su magnitud y funciones. Pero la misma ley de hierro que generaliza los partidos políticos, los condiciona internamente. Sea cual fuere su dimensión, siempre tienden a configurarse de modo oligárquico. Y el grado de oligarquización del partido aumenta en proporción directa a su nivel de organización. Cuanto más invertebrado, provisional y versátil, menos oligárquico. Luego, en la medida en que el partido se afirma en su ser y se perfecciona, acentúa su oligarquización interior. La dialéctica del poder se establece, pues, entre oligarquías secundarias hacia la oligarquía primaria o gobierno estatal efectivo. El papel de las masas es tan subalterno que Lipset ha llegado a reconocer que ‘ni los altos niveles de participación y votación, ni los bajos son, en sí mismos, buenos ni malos para la democracia’.”[4]. Esto coincide con el sentir del hombre común frente al formalismo del “hombre jurídico” que dice el Dr. Héctor H. Hernández: con la democracia no gobiernan los representantes del pueblo sino los políticos de los partidos que han logrado ser vistos como menos malos en las sucesivas elecciones. Por eso concluye el politólogo español que si se quiere privilegiar una minoría  virtuosa o de mérito, sobre   una de partidos  altamente masificados , habrá que optar por un método de selección distinto al del sufragio inorgánico y al monopolio partitocrático de la representación. Y para reducir la oligarquización partitocrática, reducir los partidos a formaciones circunstanciales y de ocasión.
b)      “Todas las formas de escrutinio son puros arbitrios procesales que no traducen, sino que manipulan y, en definitiva, transforman los votos. Los diputados elegidos no representan a los electores, como pretende la teoría demoliberal del mandato; se representan, pues, a sí mismos y, eventualmente, a unos intereses de clase o de grupo. Dada la inmensa variedad de intereses existentes en una gran sociedad moderna, todos los mecanismos electorales son reductores y simplificadores de dicha diversidad”[5]. Esto conduce a que lo que debiera ser una representación “ante” el poder se convierta en una pura y exclusiva representación “por y en” el poder, hecho que se agrava cuando el Ejecutivo tiene mayoría en las Cámaras.

c)       La partitocracia no es ni una forma degenerativa, ni patológica, como pretenden los penúltimos apologistas del esquema rousseauniano: es la desembocadura lógica del estado demoliberal de partidos; es el espontáneo producto final del sufragio universal inorgánico. El proceso responde a una dialéctica interna, como lo demuestra la descripción del modelo en acción”.Estos son los momentos del dinamismo: a) el sufragio censitario produce unos diputados relativamente independientes que limitan el poder real; b) esos parlamentarios se agrupan, con cierta flexibilidad, para ejercitar mayor presión sobre el monarca y sobre la opinión; c) se constituyen partidos de notables; d) la posterior implantación del sufragio universal exige de los partidos un gran aparato propagandístico y electoral para estimular a las masas y encauzar los comicios; e) el alto grado de organización partidista exige una creciente disciplina interna, y se agudiza la oligarquización ; f) el partido mayoritario o la alianza gobernante domina la Cámara legislativa y el Gobierno, y tiende a controlar todos los resortes del poder; g) los partidos rechazan cualquier control distinto del sufragio universal y tratan de manipularlo al máximo. Si no se la detiene así se llega a la partitocracia”. Y aunque los liberales clásicos quisieran detener el proceso en la democracia representativa no masificada, en realidad “ la partitocracia está in nuce en las formas originarias del estado demoliberal. No es una degeneración, es la genuina y mecánica metamorfosis” del mismo.[6] La historia política argentina registra este proceso hasta en sus mínimos detalles: la oligarquía de los partidos liberal – conservadores durante el ciclo 1853- 1916, la democracia de masas en su doble versión radical y peronista entre 1916 y 1976 (con las interrupciones militares de rigor), hasta rematar en la actual partitocracia que ha logrado subsistir aún a la crisis del 2001, a pesar del “que se vayan todos”.
d)      “Hay que desmitificar el régimen de partidos con sufragio inorgánico y liberarlo de sus revestimientos ideológicos de intención apologética. El sistema no equivale al gobierno por el pueblo, sino que consiste en un procedimiento para seleccionar a las oligarquías gubernamentales (...) La fórmula ha fracasado en muchos países, pero ha funcionado en otros (...), es decir, les ha proporcionado un nivel relativamente razonable de orden, justicia y desarrollo (...) La final cuestión valorativa ha de plantearse en términos desideologizados y empíricos: independientemente de que la partitocracia responda o no al modelo democrático, ¿cuáles son las condiciones para que sea viable?”. [7] Una opción que presenta Fernández de la Mora es la de los países con sistemas bipartidistas, que tienen un consenso básico fundamental en cuestiones estratégicas, excluidas, de hecho, de las manipulaciones partitocráticas. Frente a esta democracia partitocrática “limitada”, tenemos como alternativa la democracia orgánica (o quizás, con mayor precisión teminológica, la “república orgánica”), que tal vez pueda iluminar las reflexiones acerca de una mejor forma de gobierno y representación para países con las características de la Argentina. Y en ese sentido dice Fernández de la Mora : “Allí donde el modo de representación exclusivo o dominante es el sufragio universal canalizado por los partidos, es obvio que éstos son imprescindibles. Pero la democracia orgánica o corporativa es factible sin partidos de masas, o con unos partidos limitados a una función ya elitista, ya complementaria. Y la representación orgánica suele ser más eficaz que la inorgánica, porque representa mejor los intereses sociales y, además, carece de casi todas las características negativas de la partitocracia: permite el acceso de los independientes al poder, favorece la renovación de la clase política, flexibiliza la presentación de candidatos, otorga más autonomía a los elegidos, pragmatiza las Cámaras, posibilita (...) el equilibrio de poderes y desaliena la vida sindical, profesional y local, a la par que objetiva los problemas políticos. Contrariamente a lo que los líderes partidistas pretenden hacer creer a las masas, la democracia orgánica o corporativa es mucho más genuina que la inorgánica o partitocrática. Y es perfectamente compatible con la democracia directa, que apela directamente al pueblo, sin la manipuladora mediación de los partidos”[8]. Desde una perspectiva distinta –  socialdemócrata y progresista – reconoce el hecho Torcuato di Tella – aunque con   una clara confusión entre las nociones de gobierno y representación -:“Para gobernar esta sociedad salvaje, mala, como todas las existentes, se necesita hacerlo con los grupos corporativos. A esta mala palabra hay que entenderla. Porque ¿qué son los grupos corporativos? Son los empresarios, grandes, medianos, rurales, industriales, nacionales o extranjeros, financistas o no; y también las organizaciones populares que son básicamente los sindicatos y otros organismos cercanos a los sindicatos, como pueden ser organizaciones de habitantes de localidades, más bien tipo villa miseria u otros grupos de tipo organización popular de base, que son también considerados grupos corporativos, o sea, que expresan intereses colectivos de gente que tiene una organización especial y una capacidad de financiarse. Éste es el revés de la  trama de la democracia. La democracia no es lo que pretende ser. La democracia no es un hombre o una mujer un voto. La democracia es más bien una corporación un voto. El sistema democrático donde existe realmente, donde funciona mejor, en realidad es en un sistema corporativo. El sistema corporativo a los sectores de la burguesía que son una minoría, les da una equiparación de voto a los sectores populares. Esta es la teoría corporativa, que el fascismo en teoría habría aplicado, aunque de hecho era una dictadura simplemente. Según los teóricos corporativistas, en el sistema de los partidos políticos no hay una verdadera representación orgánica, la gente no conoce de qué está hablando, los partidos políticos son grupos competitivos demagógicos, mejor que eso es la organización por grupos de interés. En estos grupos de interés cada uno de ellos tiene una representación en un parlamento que representa esos intereses, proporcionalmente no al número de su miembros sino a su peso, representación cualitativa como se dice a veces. Teoría corporativa que no sólo fue expresada por el pensamiento fascista sino que viene de mucho antes, del pensamiento católico tradicional e incluso es una variante del pensamiento liberal y hasta progresista.  (...) Yo no estoy proponiendo eso, pero lo que estoy diciendo es que las democracias donde funcionan, funcionan porque de hecho son corporativas”. [9] Dejando de lado su confusión entre verdaderos cuerpos intermedios (un gremio o un municipio) y grupos ideológicos que manipulan intereses colectivos (organizaciones populares de base, habitualmente socialistas o comunistas); diferenciando el corporativismo fascista del tradicional; y aclarando que la representación corporativa es ante el poder y eventualmente en el poder, pero no por el poder (situación en la cual se daría una confusión entre bien común y bien particular, entre unidad y diversidad o  como decíamos antes, entre gobierno y representación); aclaradas esas cosas, el diagnóstico de Di Tella es un reconocimiento de lo que siempre sostuvo el pensamiento tradicional: la representación o es orgánica o no es verdadera representación. Como es sabido, los intentos de reforma corporativa postulados en la Argentina fueron rechazados de plano por la clase política, con el simple mote de “intentos fascistas”, sin ni siquiera entrar a discutir su validez y viabilidad.

                Concluyendo: si queremos dar al régimen republicano argentino una renovación que lo aleje de los peligros oligárquicos, populistas o partitocráticos, reconciliándolo a su vez con las raíces cristianas, iusnaturalistas y solidaristas de nuestra tradición política, hay que trabajar principalmente en tres aspectos :

a)      Una fundamentación del régimen político en las normas y  principios del derecho natural clásico - cristiano (bien común, subsidiariedad, solidaridad, libertades concretas) y de la Tradición hispano- criolla (unidad de poder, equilibrio de funciones, descentralización, autonomía municipal). Esto supone, lógicamente, defender el carácter normativo y supraconstitucional del derecho natural y de la Tradición, como dijimos en el comienzo de este escrito.
b)      Una reforma del régimen de representación, que permita la participación por cuerpos intermedios, la distinción entre gobierno y representación (con órganos distintos), la elección mediante sufragio orgánico, la exigencia del mandato imperativo y la necesidad de requisitos concretos de experiencia e idoneidad – cursus honorum – para los cargos que hacen a la función pública.
c)      Una verdadera autonomía municipal – gobernando para familias arraigadas como señala Garda Ortiz – que facilite la participación a escala humana respecto de problemas concretos como salud, educación, vivienda y seguridad, para restaurar de abajo hacia arriba un Estado nacional, federal y auténticamente republicano.



                                                                     Fernando Romero Moreno

Bibliografía

Aristóteles, “La Política”, Libro VI (IV), Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1970

Ayuso, Miguel, “El totalitarismo democrático”, en VV.AA, “¿Crisis en la democracia?, Speiro, Madrid, 1984

Di Tella, Torcuato, “Perspectivas futuras del sistema partidario argentino”, en VV. AA, “La política en discusión”, Horacio Fazio (Coordinador), FLACSO - MANANTIAL,  Bs. As., 2002

Fernández de la Mora, Gonzalo, “La partitocracia”, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1977.

Popescu, Stan, “Autopsia de la democracia- Un estudio de la antireligión”, Editorial Euthiymia, Bs. As, 1984.

Stan Popescu, Reportaje en Revista “Cabildo”, 1984






[1] Ayuso, Miguel, “El totalitarismo democrático”, en VV.AA, “¿Crisis en la democracia?, Speiro, Madrid, 1984,  págs. 122- 124.
[2] Popescu, Stan, “Autopsia de la democracia- Un estudio de la antireligión”, Editorial Euthiymia, Bs. As, 1984.
[3] Reportaje a Stan Popescu, Revista “Cabildo”, 1984, págs. 27- 29
[4] Fernández de la Mora, Gonzalo,  La Partitocracia, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1977,  págs. 83
[5] Fernandez de la Mora, Gonzalo, op. cit. en nota 1, pág. 144.
[6] Fernandez de la Mora, op. cit. en nota 1, págs. 205- 206.
[7] Fernandoez de la Mora, op. cit. en nota 1, págs. 209- 210.
[8] Fernandez de la Mora, Gonzalo, op. cit. en nota 1, pág.s. 216- 217.
[9] Di Tella, Torcuato, “Perspectivas futuras del sistema partidario argentino”, en VV. AA, “La política en discusión”, Horacio Fazio (Coordinador), FLACSO - MANANTIAL,  Bs. As., 2002, págs. 143- 144.

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